Lo complicado de lo simple.

Hace unos días envié dos presupuestos para dos trabajos de copywriting (como dicen ahora) o de redacción diferentes. En agencia, el compañero o compañera -por aquello de la corrección política- de Cuentas solo hubiera dicho “hay que hacer dos trabajos de copy”.

Uno, una definición profesional de un profesional a partir de sus potencialidades, su talento y su trayectoria laboral. Página en blanco a la que no me había enfrentado en similares condiciones prácticamente nunca.

Otro, los textos de una página web de un emprendedor y su negocio con las secciones que todos consideramos como básicas. Básico en los tiempos que corren para los copywriters en estos días.

Para el que nunca se haya enfrentado a tener que hacer presupuestos le diré que no se trata de un ejercicio cualquiera.

Para el profesional freelance, muy especialmente, su elaboración (en mi caso redacción) se convierte también en una poderosa herramienta de venta de su trabajo.

Tanto es así que en internet puedes encontrar 5 trucos probados, 10 tips sorprendentes o 15 consejos infalibles para que te aprueben los presupuestos sin rebajarte ni un céntimo de Euro y a la primera.

El caso es que el total a pagar impuestos incluidos de cada uno de ellos, apenas cubría el coste de la cuota mínima mensual de un autónomo que no tenga derecho a la tarifa plana de 50 euros.

Y el caso es que poniendo en práctica las enseñanzas de un motivante curso para copywriters con el que me atreví y cuyas enseñanzas vengo siguiendo e intentando poner en práctica, añadí un párrafo final en su redacción cuyo objetivo inicial era dejar claro al receptor del presupuesto que entendería perfectamente que no le encajara en sus números, que podría encontrar seguro muchos y tan válidos profesionales como yo o más que se harían cargo de su encargo.

El objetivo definitivo del párrafo, generar más “conversiones”. Vamos, que me los aceptaran.

Pues a mi potencial cliente los presupuestos le parecieron elevados. Y la fórmula de redacción para la conversión, inapropiada: “no da buena imagen”, dixit.

Pero a mí me gusta.

Entiendo que todos, incluido yo, siempre queramos pagar el menor dinero posible.

Por una tarifa de móvil.

Por cualquier tipo de seguro.

Por un producto.

Por un servicio.

Y lo simple hubiera sido lo de siempre: bajar y bajar el precio hasta lo aceptable para él, no rebajar yo en la misma medida ninguna de las características del servicio que ofrezco y aceptar los trabajos.

¿Lo complicado de lo simple?: decir no para evitar entrar en la espiral de rebajar siempre precio en los presupuestos para conseguir trabajos que con el tiempo solo te llevarán a convertirte en un profesional low cost. Y te recuerdo que siempre, siempre, habrá alguien dispuesto a hacer algo por menos dinero que tú.

¿Tan difícil es entender el valor que entrega y aporta el trabajo de un profesional creativo, confiar en el retorno de la inversión del mismo, o su capacidad como consultor de comunicación tras largos años de experiencia profesional, por intangible que sea la naturaleza de su trabajo?

¿Me puedes explicar por qué a otros tipos de profesionales no se les discuten tanto los precios o tarifas como a los que ejercen profesiones de las llamadas creativas?

Que si han aceptado mis presupuestos…. Casualmente se han paralizado los trabajos.

En cualquier caso, ya sea una hoja de vida, una página web o el tipo de texto que necesites, si quieres que sus palabras sean avispas ya sabes dónde encender el fuego.

Aunque en ocasiones y dadas las circunstancias haga falta convertirse en un héroe para encontrar la chispa adecuada.

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